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Ratón del campo y ratón de ciudad

Érase una vez un humilde y pequeño ratoncito gris que vivía en un muy seco y cómodo árbol. Dentro de aquel árbol tenía una casa hermosa, con piñitas en forma de muebles y hojas como cortinas, una piedrita en forma de mesa y una cama con flores de girasol y pétalos de rosa.

Siempre que el pequeño ratón tenía hambre, bajaba al campo en busca de frutas y semillas. Tomaba su pequeña cubeta e iba al rio a recoger rica agua cristalina. Le encantaba correr por la inmensa pradera, tocando cada flor o descansar bajo la sombra de algún árbol hasta que se hiciese de noche y gozar del brillo de las estrellas. Aquel ratón no podía ser más feliz.

Un día muy soleado, lo visitó su primo, el elegante ratón de ciudad. El ratoncito, encantado por la visita de su primo, le invitó a almorzar junto a él, preparándole una sopa de coles. Pero su citadino primo, acostumbrado a las delicias de las que venía, apenas pudo probar la sopa.

  • Primo, pero qué fea sopa, dijo asqueado aquel animalito.

Cansado ya de estar en el árbol de su primo, el ratón de la ciudad decidió invitarlo a su casa, para así enseñarle lo que era vivir como un rey. Aceptando la invitación a regañadientes, el ratón de campo partió junto a su primo hacia la ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

El pequeño ratoncito se sintió incómodo al llegar; ya no tenía la calma de su cálido árbol ni la paz del campo a la que estaba tan habituado. Tanto ruido y humo, tantas personas y luces lo alteraron, sólo pudo respirar y estar tranquilo cuando había llegado por fin a la casita de su primo.

Su casita era muy grande, rebosaba lujos, tenía un piso brillante y la más grande colección de queso que el ratoncito de campo hubiese visto jamás. Tenía muebles de algodón y una gran cama hecha de medias finas. Al caer la noche el ratoncito se puso a cocinar una rica cena de quesos elegantísimos y los más ricos manjares alguna vez probado por cualquier ratón.

Pero, cuando decidieron comenzar a comer, aparecieron unos enormes bigotes de gato de la puerta de aquella casita tan elegante.

Atemorizados, los ratoncitos intentaron huir de aquel felino, corriendo con todas sus fuerzas. Encontraron refugio dentro de una caja de cartón, donde el gato no pudo verlos entrar.

  • Vaya, eso sí ha estado cerca, le dijo el ratoncito de campo a su primo.

Ahí estuvieron hasta que el gato se fue. Con hambre y frío decidieron ir a una casa que allí se encontraba. Estando adentro, vieron un delicioso pastel de manzana. Los dos primos corrieron, pero inútilmente ya que detrás de ellos estaba una gran señora que los perseguía con una escoba. Alcanzándolos, golpeó a los pequeños ratoncitos dejándolos por un momento demasiados atontados en medio de la inmensa y fría calle.

Aterrados y con frío, los ratoncitos decidieron buscar algún otro lugar en donde poder comer.

  • No hay que preocuparse, primo. Ya conseguiremos comida, dijo el ratoncito de ciudad, queriendo consolar a su aterrado primo.

Pero difícil fue su búsqueda, hasta que después de unos minutos encontraron un lugar repleto de comida. Ricos manjares y divinos olores, los ratoncitos corrieron hasta aquel lugar. Era la cocina de un elegante restaurante. Pero para la suerte de nuestros amigos, había un cocinero vigilándolos, el cual intentó pisarlos.

Después de aquella desventura el ratón de campo decidió que ya era tiempo de volver. Ya que se dio cuenta de que no vale la pena cambiar por lujos y detalles la paz y la tranquilidad de su hogar.

Enlace del cuento: https://www.youtube.com/watch?v=gH-lqWUcuw4