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El águila de Haast, un recuerdo en el viento

No existe rincón alguno en nuestro planeta, paraíso o escondite, en donde los animales puedan escapar a las implacables garras de la extinción, ni siquiera en las apacibles y lejanas islas de Nueva Zelanda, uno de los lugares más recónditos de la tierra y antiguo hogar de la más grande de todas las águilas que alguna vez habitaron la tierra, el águila de Haast (Harpagornis moorei).

Hoy, ya solo viva en las leyendas y folclore Maorí (habitantes originarios de la Polinesia que colonizaron Australia y Nueva Zelanda) el águila de Haast fue el rapaz de mayor tamaño conocido, especialmente las hembras (algo más grandes que los machos). Pesaba de media entre 9 y 15 kilogramos, tenía una envergadura de entre 2,5 y 3 metros, con un pico de 10 centímetros y una garras de alrededor de 6, rematadas en un temible hallux o dedo gordo de 11 centímetros. Semejantes medidas no le impedían volar con extraordinaria rapidez, llegaba a alcanzar una velocidad de 80 km por hora cuando atacaba a su principal presa y fuente de alimentación, las moas, enormes extintas aves no voladoras, que poco a nada podían hacer ante la fuerza de semejante ataque.

Ningún otro depredador se disputaba las moas como alimento, al igual que ningún otro animal cazaba al águila de Haast o se alimentaba de sus huevos, por lo que podría parecer que la fortuna le sonreía y estaba a salvo de convertirse en un animal extinto, y sin embargo no fue así. A diferencia de otros animales extintos como el Mamut o el Alce Irlandés, las causas que llevaron al águila de Haast a la desaparición son conocidas. El mayor depredador de todos, el hombre, comenzó a cazar intensivamente a las moas hasta su aniquilación cuando colonizó la isla sur de Nueva Zelanda hacia el año 1400. Desaparecido su alimento principal, e incapaz de competir con el hombre, el destino del águila de Haast estaba escrito pereciendo en silencio y abandonando para siempre las grandes planicies donde antes cazaba y vivía.